La máquina des-escribir - El sujeto entre líneas

La máquina des-escribir - El sujeto entre líneas

portada de

Natalia Neo Poblet y Guido Idiart (comp.) Pablo Fridman, Leonardo Leibson, Elena Nicoletti, Nieves Soria Dafunchio, Elizabeth Barral,  Claudia S. Lamovsky, Oscar Zack, y Gustavo Fernando  Bertrán.

Agradezco a Natalia Neo Poblet, y Guido Idiart, los compiladores, la invitación a darle la bienvenida a La máquina des-escribir, que inicia su camino, el de devolverle  con creces a sus autores los desvelos con que han sido escritos. El diálogo con los lectores está a punto de iniciarse, y estoy segura que pronto otros autores lo tomarán como objeto de estudio, para sus textos.

También  les agradezco, porque al leerlo, encontré nuevos y muy interesantes puntos de vista  que me permitirán ampliar mi  investigación sobre la escritura en psicoanálisis, y  de cómo la condición de escritor de Freud, tanto como la de ávido lector,  le otorgó al psicoanálisis una cualidad muy especial, mucho más cercano a la literatura que a la medicina.

La  asociación libre que Freud incorporó a la técnica como regla fundamental, tuvo su antecedente en la literatura, en un libro que había leído a los 14 años, El arte de convertirse en un escritor original en tres días, donde  Ludwig Börne, aconsejaba que, para convertirse en  un escritor, bastaba  con volcar  durante tres días “todo lo que se les pasara por su mente”) y se quedarán atónitos ante los nuevos e inauditos pensamientos que han tenido”. (Freud, La prehistoria de la técnica analítica AE XVIII, p. 259).

Desde esa asociación de ideas es que, es que voy a desplegar un ritual que, por lo que sé es bastante generalizado, y tiene lugar cuando nos encontramos por primera vez con un libro. Solemos tomarlo entre las manos, como sopesándolo, escudriñamos la tapa,  luego rastreamos el índice para hacernos una idea de su contenido y finalmente le echamos una mirada a la bibliografía, en busca de sus referentes.   Todo esto, desde ya, tratando de descubrir el universo que nos plantea, y decidir, si esto sucede en una librería, si lo llevaremos o no con nosotros

El título - un interesante título por cierto-,  La máquina des – escribir, con ese guión-comodín que tiene algo de desafío a completarlo desde la preposición faltante, esa preposición elemental y a la vez plena de sentidos, que falta y que al mismo tiempo está, que va y vuelve produciendo una oscilación entre ambas posiciones, de este y del otro lado del guión.

Me pareció una buena metáfora del aparato psíquico, que escribe, tacha y reescribe, en sucesivos intentos, armando  de ese modo un ser singular desde lo subjetivo, el del subtítulo: “el sujeto entre líneas”.

Ese sujeto que, cuando escribe, apela a cierta permeabilidad con el inconsciente, capaz de una “regresión controlada” como diría Anzieu), escindiéndose en quien  escribe y al mismo tiempo quien lee, en un  hacer  y deshacer: escribir. No cabe duda que escribir y corregir son dos caras de una misma moneda.   O tal vez ese sujeto que lee, y reescribe para sí el libro al dotarlo de sentidos que le pertenecen.

Reparo en que más arriba, bien arriba en la tapa, figura  el nombre de la Colección: “Literatura y Psicoanálisis” enunciando la promesa de una literatura que se piensa a sí misma, o dicho más formalmente, que apela a la meta escritura.

Los autores son  psicoanalistas puestos a escribir, supongo que habrán luchado para transformar el lenguaje del  pensamiento en  palabras, en una lucha desigual con  lo imposible, porque en toda traducción algo se pierde; no hay sinónimos entre dos lenguajes.

Como escritores, no se habrán conformado fácilmente con cada  frase depositada en el papel o la pantalla, habrán tenido que tachar, reescribir  hasta que, como dice Borges, publicar para dejar de corregir.  Como psicoanalistas, habrán desconfiado de cada frase, al saberla  fachada que oculta sentidos que habrá que descubrir.

La  ilustración es también atractiva: una vieja máquina de escribir, de la que no surgen letras sino pájaros: y sí, es difícil de atrapar un pájaro.

Esa vieja máquina que, como  sus sucesoras, perdidas en el tiempo próximo  y a la vez  de apariencia lejana, cuando la computadora las reemplazó, ofreciéndonos  algo  tan diferente, como para pertenecer a  una nueva era, la de la informática, y la máquina se dejó de fabricar, y la última de la serie fue a terminar en el  Museo de Ciencias de Londres.

Pronto sucumbirán las que todavía queden, salvo para nostálgicos como Paul Auster, que, ahora recuerdo haber  leído que  acopió, antes de que también desaparecieran, una gran cantidad de cintas para su querida máquina, “depositaria de cada letra que escribió en su vida”

Demorando este momento de expectativa, la tapa vuelve a llamarme la atención: los pájaros son ahora golondrinas que vuelan hacia el título, llevando consigo el equívoco,  la lucha entre aquello ya sabido que alberga la costumbre y lo faltante, que toma por sorpresa al escritor, que se conecta con la infancia, y le toca al lector reconstruir y me pregunto si acaso toda letra no deja huecos.

Llega después  el momento de darle un lugar a ese mapa del territorio de las ideas, que por convención se llama índice. Veo que inicia su recorrido con el  escritor incomparable,  buceador involuntario de lo inconsciente “Al principio Shakespeare”, y veo que es  abordado  desde  un “más allá de sí mismo”. (Pablo Fridman, p. 13)

Lo recorro, y veo que el  título de cada artículo  alude a  preguntas interesantes que, como sabemos, son el indispensable  punto de partida para  toda  buena investigación.  Preguntas tales como qué escribe, e imagino una respuesta, cercana a  la que después iría  a encontrar; “el inconsciente es el escribiente” (Natalia Neo Poblet, p.51), acompañada por una frase que dice mucho: “el sujeto sabe más de lo que cree, y dice más de lo que quiere”.

En los siguientes títulos se suceden  otras preguntas fructíferas como quién y desde dónde se escribe; qué es  lo que queda afuera, así como lo que no se escribe (Elena Nicoletti) hasta llegar a preguntarse por el  fracaso de la escritura, a través de Philip K. Dick, el singular escritor buscador de “universos” quien, por más que no le gustara su propio estilo, cada vez más ascético, “no podía hacer otra cosa que escribir, porque escribir estaba en sus genes.” (Guido Idiart. nota 38, p. 159).

Los títulos también exploran desde otros diversos ángulos el lugar  entre la literatura y el psicoanálisis: desde la letra en lo inconsciente a las tachaduras, (Elizabeth Barral, p. 89)  y a una escritura muy particular, que va del  texto literario al texto clínico, desde  el inconsciente  a la Pulsión articulada con el Sinthome (Claudia S. Lamovsky, p.103)  Más allá de la indagación específica, en todos los artículos está el común denominador del interés por el  valor clínico de la reflexión sobre la escritura”.  (Natalia Neo Poblet y Guido Idiart, prólogo, p. 11)

Por otra parte, se ofrece la indagación acerca de si el género que conviene al psicoanálisis es la ciencia ficción, la que fuera considerada por Lacan como la única ciencia verdadera mientras,  a la vez, afirma no llamarla ciencia sino “una práctica de lo que no anda bien” (p. 125)

No podía faltar la referencia a Schreber, ese  paciente que nunca fue paciente, paciente de análisis, se entiende, sino a través de sus memorias, llevando a  cuestas  la  dolorosa escritura de un cuerpo, como una  “voluptuosidad divina” que lo  amenazaba con arrasarlo; es que la escritura no solo un trabajo con las ideas y el sentido sino un trabajo corporal, con el cuerpo y para el cuerpo (Leonardo Leibson, p 32-33)

Asoma nuevamente el cuerpo, esta vez “el cuerpo robado” en el título  de otro de los artículos, de la mano de un texto de Lacan de homenaje a Margarite Duras, donde enuncia que el texto literario se transforma en un texto clínico del que podemos aprender (Nieves Soria Defunchio, p. 73)

Una última, insoslayable pregunta  por el lugar y del psicoanálisis hoy, frente a las nuevas angustias y los nuevos síntomas del Siglo XXI que inciden en el sufrimiento subjetivo” (Oscar Zack, p 122) ofrece un sesgo práctico para vivir mejor, ya que “tal como Freud y Lacan dijeron, cada uno a su manera,  la solución de la neurosis la encuentra el sujeto en la medida que pueda estar desabonado de su propio inconsciente.”

Busco la bibliografía, y advierto que, en lugar de estar a continuación de  cada artículo, se enuncia al final, en una acertada decisión de los compiladores, que le otorgan   así  unidad a un libro surgido de múltiples voces y miradas,  alrededor del tema que los convoca.

En las referencias, campean los escritores que vinieron después de Shakespeare, los que podríamos llamar  “post freudianos” por haber pertenecido a épocas ya teñidas por una cultura donde el  psicoanálisis hizo su firme aparición,  entre ellos Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik o Clarice Lispector, que alguna vez dijo “Tengo miedo de escribir(…)es peligroso hurgar en lo más oculto”.

Freud y Lacan son los referentes privilegiados, traen  su palabra convocada por los autores que las ponen en tensión, en fructífero contrapunto con abundantes citas de ambos.

Son  dos escrituras  tan distintas como su distinta filiación: a Goethe, en el caso de Freud, a Joyce, para Lacan, que recomendaba su lectura, en La función de lo escrito, por encontrar cierta semejanza con su escritura, y sobre todo porque Lacan pensaba  que  “el lenguaje se perfecciona cuando se sabe jugar con la escritura” Y agrego: Joyce era un máximo exponente.

A pesar de la escasa distancia entre los últimos escritos de Freud y los primeros de Lacan, esa diversa filiación los separa mucho más que la distancia temporal, un Goethe como representante del romanticismo alemán donde prima el sentimiento sobre la racionalidad y un mensaje  inconsciente que se mantiene oculto en el texto.

Freud, como su admirado Goethe  apreciaba la claridad de la expresión del pensamiento, al punto de que Freud consideraba que una escritura que no es clara, proviene de “un insuficiente conocimiento de la materia de que se  trata”

En cambio Joyce escribía desde un monólogo interior, del libre fluir de las ideas.  Su estilo rompe deliberadamente con la  lógica, navega entre lapsus, metáforas, hiatos y desorden, planteando enigmas a veces irresolvibles para sus lectores.

Algunos de los lectores de Joyce se dan por vencidos ante la dificultad que plantea su lectura, mientras  otros encuentran precisamente en la dificultad un incentivo para insistir y tratar de penetrar en el sentido tanto cuanto les sea posible.

Otro tanto sucede con muchos de los escritos de Lacan, por más que en una entrevista dijera (Gustavo Bertrán, nota p. 123) “En diez años máximo, el que me lea hallará todo transparente, como una buena jarra de cerveza”, promesa de cierta legibilidad, decimos solo cierta legibilidad,  cuando advertimos que  no dijo “clara como el agua” y, fiel a su estilo,  al mismo tiempo reconoce  en otros lugares abiertamente su ilegibilidad, al punto de decir de sus Escritos que “…pensaba que no eran para leer.”

De más está decir, que terminada esta exploración, no hubiera dudado en llevarme La máquina des – escribir a casa, elegir el sillón más cómodo y sentarme a leer, aunque la realidad fue un poco diferente, porque no lo encontré en la librería sino que lo recibí de las manos de Natalia, para preparar esta aproximación al libro, después de la cual, espero que  hayan decidido ustedes también llevarse “La máquina des-escribir a su casa, y puedo anticiparles que, seguramente, encontrarán un aporte que me atrevería a decir que es  absolutamente necesario, para ese cruce entre la literatura, la escritura y  el psicoanálisis.