Robert Walser pasea por Buenos Aires

Robert Walser pasea por Buenos Aires

Jueves de fin de marzo, 5 de la tarde, camino apurada porque propusieron  puntualidad y el único dato que tenía era el punto de reunión. Una vez que se pusieran en marcha,  no sabría donde buscarlos.

Las calles de San Telmo están casi vacías, como si la jornada hubiera terminado. En ese barrio se termina de trabajar antes, parece.

Méjico 564, encuentro la puerta de la una vez majestuosa Biblioteca Nacional,  y ahí están los (no se si llamarlos espectadores) formando un pequeño grupo.

¿Es aquí, la obra? pregunto al llegar, y un joven con acento catalán nos dice “Esperemos a Robert, debe de estar por llegar.” Nos miramos entre nosotros, esbozamos una mínima presentación, y esperamos.

Robert y MarcNo hizo falta que nadie nos dijera que era él. Un  joven alto, muy delgado, pelirrojo y con un  pulcro traje marrón, chaleco, gafas con cristales redondos, sombrero también marrón más un paraguas para subrayar su elegancia.  Saldremos a caminar con Joyce, pensé.

Nos saluda con una medida inclinación de cabeza y echa a andar. Suponemos que tenemos que seguirlo. Camina despacio, escrutando rincones, de vez en cuando se da vuelta y nos mira, o trasmite mínimos gestos, buscando algún tipo de complicidad. Se detiene frente a alguna puerta, levanta algún papel del suelo y lo mira con atención, lo vuelve a tirar. Mira el interior de una casa por alguna ventana abierta, entra en un ocasional negocio muy antiguo, de los que todavía quedan sin haber sido tocados por reforma alguna.

 

A veces habla, no mucho. Se detiene para hacerlo, con voz sonora, con convicción, con lenguaje ceremonioso.

Lo seguimos con curiosidad, dejamos la prisa a la que estamos acostumbrados, cuando ir un lado a otro es recorrer la distancia entre dos puntos.  Nos acomodamos a su parsimonia, miramos las casas, las veredas, los edificios a veces suntuosos, otros decadentes, nos despiertan interés, va cayendo la tarde, los colores cambian.

Con sus ocasionales parlamentos  vamos componiendo la persona que los dice, seguramente cada uno de nosotros a su manera, creemos saber cómo es, cómo piensa, como ve la vida.  Nos despierta expectativas y sobre todo curiosidad, ¿qué es todo esto? a los transeúntes también.

Pasan cosas, algunas previstas, otras inesperadas, los vecinos intervienen, o miran, curiosos, Robert  mantiene su compostura, no deja ni por un instante de ser el personaje que viene a pasear, a pensar, a comprobar, a mirar, él que es de otra dimensión, ha salido de un libro quizás.

Nos pasan cosas por dentro, la curiosidad crece, poco a poco la ciudad no nos parece la misma. Si estuvimos alguna vez en esas calles, no las supimos mirar.

En algún momento me congratulo de haber tomado la decisión de abandonar mis ocupaciones en plena tarde, haber cruzado entera la ciudad y atravesar  el centro, convertido en un caos de arreglos simultáneos para un futuro mejor, pero entretanto un infierno. Todo eso quedó atrás, me decido a  estar ahí, siguiendo a Robert.

Como sucede en la vida, las cosas se planean, el azar las reacomoda, y en esa mezcla entre lo planeado y lo espontáneo, entre los espectadores y los vecinos, transcurrió la tarde.

Cuando, terminada la obra, con un final grato, inesperado y original, volví a la vida cotidiana y a guiar mis propios pasos. Llegué a una esquina donde se terminó el barrio y apareció la ciudad ocupada en dejar  la jornada atrás, ruidosa y atestada.   Curiosamente,  sentía que esa realidad me era extraña, ajena, porque todavía estaba viviendo las sensaciones provocadas  tras los pasos de Robert.

Después, supe algunas cosas. Robert Walser existió en Suiza y fue un escritor suizo que le gustaba pasear, y durante sus paseos supo toparse sin proponérselo con aventuras simples, porque no desechaba nada de lo que encontraba a su paso, nada le era insignificante.

Para él, decía, “Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa…”

En nuestro paseo, las palabras eran de Walser, de su libro El paseo, y la caminata convertida en un entrañable hecho teatral, una propuesta del director catalán Marc Caellas y el actor Esteban Feune de Colombi.

Si un día de estos se enteran por los diarios que Robert necesita salir a pasear por algún barrio de Buenos Aires, no se lo vayan a perder.