Violencia social y literatura 2

Violencia social y literatura 2

Violencia social en la literatura

3er Simposium Latinoamericano de Comunidad y Cultura, FEPAL, 2012

Relatoras:
Lic. Gloria Gitaroff – Psicoanalista (APA) y escritora
Lic. Silvia Hopenhayn - Escritora, crítica y periodista literaria
Coordinadora: Dra. Laura Orsi, psicoanalista APA

el 5 de julio 2012 en SAP (Sociedad Argentina de Psicoanálisis)

Mesa Vioencia social y literatura

Cuando me propusieron formar parte de este panel junto a Silvia Hopenhayn, lo primero en que pensé es que, si un colega acude a supervisar conmigo un trabajo psicoanalítico que planea escribir,  por lo general el tema que lo atrae es inicialmente muy amplio.  El primer paso es buscar una manera de acotarlo, de encontrar un ángulo donde situarse, a la vez que, como sucede con toda elección, habrá que aceptar la frustración de tener que  dejar mucho de lado.

Me encuentro en esa situación, pero frente a un tema más que amplio, enorme, porque hablar de literatura, de psicoanálisis y de violencia social es como hablar de la vida misma, de la vida vivida y de la vida contada, de la vida real y de la fantasía.

Una manera de entrar en un tema puede ser definir los términos en juego, y es lo que me propongo hacer.

La violencia asociada por Freud con la guerra, como recurso extremo para la supuesta solución de un conflicto, es un recurso que alude a modos arcaicos de violencia. En esas ocasiones  siempre estará presente el exceso, el desborde del yo y la amenaza de desintegración psíquica donde todo se pierde, nada se transforma.  Allí entra en juego  la pesadilla de la agresividad, el odio, el dominio, la violación, la destructividad, y una de las partes en conflicto se ve obligada a abandonar sus pretensiones.  Como dice Freud (1930) en uno de sus escritos sociales,[1] la carta a Einstein sobre la guerra, debido al daño infligido al contrincante, o por la aniquilación de sus fuerzas, una de las partes se verá obligada a abandonar sus pretensiones.

Freud  consideraba que la cultura es necesariamente violenta, en el sentido de que violenta muchos de nuestros deseos.  El  precio que se paga para ser admitidos en la cultura,  es el sometimiento a las leyes escritas y no escritas que la cultura dicta.  Como dice el poeta, “niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”.[2]

Metapsicológicamente hablando, siempre habrá  en los sujetos una tensión entre la perentoreidad de la pulsión y los imperativos que la realidad social le plantea.

Ahora bien, cuando hablamos de violencia social, no nos referimos al malestar en la cultura ligado a la pulsión de vida, que nos habilita a establecer lazos libidinales con la comunidad a la que pertenecemos y crear proyectos identificatorios.[3] Nos referimos a  la violencia que pierde su cauce, que se desmadra, que en lugar de proteger a los integrantes de una comunidad, los ataca. Nos referimos a la violencia que  se enreda en los vericuetos del poder y de lo arbitrario.

No  hay duda que toda situación de violencia es una situación de poder, ya sea porque se ejerce una fuerza súbita o, a la manera de un trauma acumulativo, se utiliza una fuerza sorda, constante, con el fin de presionar en el psiquismo del otro para provocarle daño y obtener alguna clase de satisfacción propia. En otras palabras, se trata de  la violencia que queda ligada mayoritariamente a la pulsión de muerte.

La violencia abre la caja de Pandora de los sentimientos reactivos que provoca, tales como volver el daño contra sí mismo o contra el agresor con rabia, despecho, venganza, rencor (y podría seguir agregando matices de la  ira). También puede ser, por el contrario, que la persona no tenga cómo reaccionar frente a la violencia sufrida y se entregue a la impotencia, y de ahí a convertir la ira en enfermedades psicosomáticas no hay más que un paso.

Quizás la víctima pueda, en el mejor de los casos, transformar el dolor en acciones para intentar que la violencia sufrida no se repita en los demás.

En cualquiera de estas situaciones, los hechos físicos o psíquicos padecidos mediante la violencia, marcan un antes y un después en la vida de un individuo.

El psicoanálisis, como vemos,  provee herramientas para poder entender desde otra perspectiva los fenómenos colectivos, y para reflexionar sobre las consecuencias  clínicas que el estado actual de nuestra cultura produce,  así como elaborar teorías que la abarquen,  pero sin desvincularla del efecto que la sociedad – tanto la bienhechora como la perversa - ejerce sobre el individuo.

En esta cadena de definiciones, me resta definir la literatura, diciendo que es el arte que utiliza como medio de expresión el lenguaje, que en otra acepción se refiere a la teoría acerca de ese arte, y finalmente se aplica al conjunto de producciones de un mismo género o época.

Roland Barthes [4] le agrega algo muy interesante. Dice: “La ciencia es vasta, la vida es sutil, y para corregir esta distancia es que nos interesa la literatura.

La  literatura de la violencia es tan vieja como la literatura misma. Si bien su aparición es mucho más remota, pensemos por ejemplo en Homero cuando relata, en el siglo VII antes de Cristo, y con un realismo extremo la vuelta de Ulises que, al encontrar a los pretendientes acosando a Penélope,  los aniquila, preso de una furia asesina.

Si nos remontamos a los  orígenes de la literatura argentina de la violencia, nos encontramos con la  violencia infinita teñida de sangre y ferocidad, de oposición y venganza entre bandos, que refleja El matadero.[5]

En América latina, existe una tradición de literatura de la violencia nacida en Colombia, en las décadas ‘50 y ‘60  cuyo carácter de crónicas de la realidad se imponía a expensas  de la forma, pero que, a medida que el tiempo fue pasando y la integraron escritores de más talla, como García Márquez por ejemplo, ya no son testimonios de hechos de violencia sino que la asumen como un fenómeno complejo y diverso, y se preocupan por darle una forma estética.

Durante  esta labor preliminar de definir los términos,  fui descubriendo qué aspectos de la literatura de la violencia social me interesaba remarcar, y la vinculé  a  una preocupación que siempre tuve acerca de lo que produce la violencia en los que no son directamente  sus protagonistas, sino a los que son menos visibles, los que integran lo que alguna vez se dio en llamar cínicamente “daños colaterales” A esos daños que no merecen los titulares de los noticieros, les cabe lo que dice Sabina en una canción:  “hoy el diario no hablaba de ti ni de mí” [6]

Son daños que la violencia social expande como un guijarro que al ser arrojado  ondula el agua del lago con sus círculos concéntricos, que vulneran el pensamiento, cristalizan recuerdos difíciles de superar, o generan densos olvidos sospechosos de represión.  Son experiencias que al ocupar su lugar en la historia de los individuos, condicionan su vida futura, y dañan su psiquismo más allá de lo que ellos mismos perciben.

Esos daños de los que no son protagonistas principales de hechos de violencia  son traídos  a veces a nuestros consultorios.  Entonces nos ocupamos,  junto con el paciente, de tejer el entramado de palabras que la violencia les privó, para  ligarlas al resto de su historia y encontrarles un sentido.

Pensando en las víctimas no reconocidas, (y sabemos que la falta de reconocimiento por parte de la sociedad del daño sufrido ahonda el dolor y aumenta la ira)  quiero darle palabra a la literatura.

Elegí el cuento de García Márquez, “Uno de estos días” del libro Los funerales de Mamá grande” [7]

Los personajes son tres. El agresor, el agredido, y un niño de once años, testigo involuntario que quizás resignifique algún día la escena que presenció.

Sin embargo, el cuento, con la sensibilidad y la profundidad que García Márquez supo plasmar, en pocas líneas, nuevos matices y significados del fenómeno de la violencia, de la vileza del agresor, de la reacción llena de nobleza del agredido, y mucho más todavía, que seguramente van a encontrar con cada nueva lectura.

Si desean leerlo, los invito a cliquear aquí: www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/ggm/dia.htm

Lic. Gloria Gitaroff

Psicoanalista - Buenos Aires

Referencias:

[1] Freud, S. “¿Por qué la guerra” (1930) integra lo que se conocen como  “los escritos sociales de Freud.”  (si bien lo cierto es que se ocupó de estos temas a lo largo de toda su obra). Los otros son Manuscrito “N”, (1897) último parágrafo (definición de lo Sagrado); “Moral sexual y la nerviosidad moderna” (1908“Tótem y Tabú” (1913);”Psicología de las Masas y Análisis del Yo” (1921); “El Porvenir de una Ilusión” (1927); “El Malestar en la Cultura” (1930);   “Moisés y el Monoteísmo” (1938).

 

[2] Joan Manuel Serrat “Esos locos bajitos” canción del CD “En tránsito”

[3] Yago, Franco Vida y muerte en la cultura, Revista Psicoanálisis  APDEBA en  www.apdeba.org/publicaciones/2002/01-02

[4] Barthes, Roland El placer del texto seguido de la  Lección inaugural de la cátedra de
semiología literaria del Collège de France. Buenos Aires, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008

[5] Echeverría, Esteban La cautiva –El matadero: ojeada retrospectiva, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993.

[6] Sabina, Joaquín, "Eclipse de mar" del CD  Mentiras piadosas

[7] García Márquez, Gabriel: “Uno de estos días” del libro Los funerales de Mamá grande, Buenos Aires, Sudamericana, 2007.

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